21:00 Está atardeciendo y las luces de las farolas se encienden. Los coches se mueven con tonalidades rosas y naranjas a sus espaldas, mientras, la gente mira desde los puntos más altos para no perder ningún detalle. Hay un contrato no escrito por el que cada día a esta hora las personas observan a la gran bola irse y, cómo si no fuera a volver, siguen su camino hasta que se desvanece entre los colores pastel.
Yo estoy al otro lado, de espaldas al espectáculo mirando la noche venir, viendo los morados y azules apoderarse del cielo, las nubes volviéndose cada vez más densas e inquebrantables. Si las dejo a un lado, mundanas, y me fijo bien, más arriba puedo ver destellos —minúsculos y enormes— abrirse paso entre la oscuridad que llega. Todo eso me gusta. Cuando veo a todos mirando en la otra dirección me asaltan muchas preguntas, ¿Por qué perseguir algo que se va y que no quiere ser perseguido? ¿Por qué no dar la vuelta y abrazar lo que viene a nuestro encuentro?¿Por qué no fundirnos en ello?¿Acaso somos masoquistas?¿Acaso nos gusta vivir en una carrera continua persiguiendo lo inalcanzable? Quizás sí.
21:57 El sol ya se ha ido. Algunos lo despiden con los ojos vidriosos, yo pienso en un saludo educado pero no demasiado directo para recibir la noche, uno que entre líneas exprese algo así como: "Buenas noches y bienvenida, hace tiempo que esperaba algo nuevo; la única condición es que no lo dejes todo como el último que pasó por aquí."
4 de mayo de 2021
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