21:00 Está atardeciendo y las luces de las farolas se encienden. Los coches se mueven con tonalidades rosas y naranjas a sus espaldas, mientras, la gente mira desde los puntos más altos para no perder ningún detalle. Hay un contrato no escrito por el que cada día a esta hora las personas observan a la gran bola irse y, cómo si no fuera a volver, siguen su camino hasta que se desvanece entre los colores pastel. Yo estoy al otro lado, de espaldas al espectáculo mirando la noche venir, viendo los morados y azules apoderarse del cielo, las nubes volviéndose cada vez más densas e inquebrantables. Si las dejo a un lado, mundanas, y me fijo bien, más arriba puedo ver destellos —minúsculos y enormes — abrirse paso entre la oscuridad que llega. Todo eso me gusta. Cuando veo a todos mirando en la otra dirección me asaltan muchas preguntas, ¿Por qué perseguir algo que se va y que no quiere ser perseguido? ¿Por qué no dar la vuelta y abrazar lo que viene a nuestro encuentro?¿Por ...
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